jueves, 22 de octubre de 2015

El derecho del piojo

Tras su buena acogida en prensa, os pego el artículo que publiqué en La Opinión de Murcia, Reeditor y PeriodistaDigital la semana pasada.


Hace unos días, en referencia a una noticia sobre una pelea entre dos chicas adolescentes grabada y subida al canal Youtube, un experto en no sé qué decía en un informativo de televisión que la violencia era un problema que surgía en la escuela y que había que abordarlo desde las aulas. Por culpa de gente así, la escuela de hoy en día se ha convertido en un triste estercolero que recoge todas las miserias del ser humano. En particular, del ser humano llamado “padres”. Si los jóvenes cogen el coche de madrugada a la salida de una discoteca, borrachos como cubas, y causan accidentes, un experto dirá que hay que trabajar la educación vial en las escuelas, como si los profesores y no los padres fuesen los que les compran el coche y les dan dinerito fresco para vodka y porretes. Si en la sociedad comienza a extenderse como un virus la obesidad y la mitad de la población se hincha a bollería industrial y a hamburguesas, un experto dirá que hay que tratarlo en la escuela, como si fuesen los profesores y no los padres los que llevan a sus hijos al McDonald´s a que se llenen las arterias de bacon y salsas. Si se descubre a través de un estudio que los adolescentes no saben follar y las chicas quedan embarazadas a edades muy tempranas, un experto dirá que hay que tratarlo en la escuela, como si fuesen los profesores los que tuviesen que preocuparse por montar una boda de urgencia o un aborto de última hora. Y así, infinidad de aspectos más. De este modo, al final, los padres no educan ni en sexualidad, ni en alimentación, ni en respeto, ni en normas, ni en tolerancia, ni en salud, ni en hábitos, etc., etc., delegando todo ello en la escuela, que por su parte no puede educar en matemáticas ni en lengua ni en filosofía ni en otra disciplina.


Sobre la situación de la escuela de hoy en día, basta decir que si a una madre o a un padre se le antoja, puede llevar a su hijo al colegio aunque tenga piojos hasta en las orejas. O aunque tenga conjuntivitis, ébola, malaria o difteria. Ni siquiera el director de un centro puede obligar a estos padres a que se lleven a sus hijos para desinfectarlos. Cuando el derecho de una madre o de un padre irresponsables y piojosos está por encima del derecho del resto de los compañeros a no ser infectados y por encima incluso del poder del director, entonces no estamos hablando de educación; estamos hablando de asistencia. Y en eso, en asistencia pura y dura, es en lo que se ha transformado hoy en día nuestro sistema educativo.


En nuestro país, el problema de la educación es que no hay educación. La educación básica que los niños deberían recibir en casa –sentarse bien, saludar, no insultar, no correr entre las mesas del restaurante, no chillar, no dar balonazos a los cristales, recoger su ropa, hacerse su mochila, no sacar el dedo, etc.- la tienen que recibir en el colegio, y la educación que reciben los niños en el colegio, la destrozan los padres durante el resto de la jornada en casa. Así, en una fila de mil alumnos europeos, todos localizaríamos a la perfección al alumno español, que sería aquel que intenta colarse, inquieto, nervioso, maleducado, que llama la atención, que vocifera, que no respeta el turno, que insulta, que dice “me aburro” o que grita como un descerebrado “no me da la gana”… Ese, y no otro, es el problema de nuestro sistema educativo, y hasta que eso no cambie, no lo mejorará ni mil cambios de ley ni un millón de estándares de aprendizaje.

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